'La cordillera': un relato ambicioso que crece en el lado oscuro del poder

Cine 4 de septiembre de 2017

En su tercer largometraje, el director Santiago Mitre le entrega la banda presidencial a Ricardo Darín y lo llena de fantasías siniestras.


Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Gerardo Romano. Dirigida por Santiago Mitre.

El tercer largometraje de Santiago Mitre (El estudiante, La patota) es, en muchos sentidos, su película más ambiciosa, compleja y redonda. No resulta sencillo meterse con la institución presidencial en un país donde no existe tradición cinematográfica al respecto. El Hernán Blanco que interpreta Ricardo Darín (y que, quizás, sólo podía interpretar él) no está basado en ningún mandatario de la vida real; o bien, si lo está, resulta un compendio de formas, usos y costumbres de varias personalidades entrecruzadas. Ya la primera escena, con el trabajoso acceso a la Casa Rosada de un técnico externo, y el posterior viaje en avión de la comitiva presidencial -con sus signos ligeramente ominosos arañando el telón de la realidad-, Mitre y su coguionista Mariano Llinás dibujan rasgos evidentes y otros ocultos, subterráneos. La excusa es una cumbre latinoamericana en un hotel cinco estrellas, en medio de las majestuosas montañas chilenas, donde debe definirse un importante pacto petrolero entre naciones. Pero, de a poco, la capa realista comienza a horadarse con la llegada de la hija de Blanco (Dolores Fonzi), y los secretos y recuerdos (¿o acaso no son tales?) que comienzan a salir a la superficie habilitan la llegada de lo fantástico. Con un reparto secundario internacionalista que incluye a los argentinos Erica Rivas y Gerardo Romano, la española Elena Anaya, la chilena Paulina García, el hispano-mexicano Daniel Giménez Cacho y el norteamericano Christian Slater (coprotagonista de otra de las grandes secuencias del film), La cordillera -que tuvo su debut en la Competencia Oficial del Festival de Cannes- deja de lado la posibilidad de transformarse en un simple registro ficcional del poder y se anima a dibujar -con estilo, inteligencia y concisión formal- la silueta de lo siniestro. Poder, dinero, locura y un poco de hipnosis en una película con un evidente regusto a Hitchcock.

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