Murmullo futbolístico de Buenos Aires a La Plata

Opinion 5 de septiembre de 2017

Dos meses atrás viajé a La Plata en un auto amablemente cedido por el Teatro Argentino para cubrir la ópera El gran macabro de Ligeti. Era un domingo a la tarde y el chofer, ya casi un amigo, tenía la radio del auto apenas audible, con un partido de fútbol. ¿Quiénes juegan?, pregunté por cortesía; eran Chacarita y Nueva Chicago. Me sorprendió un poco: sabiendo que el chofer es oriundo de La Plata, esperaba que me dijese Estudiantes o Gimnasia. Efectivamente, él era de Gimnasia, pero me dijo que no oía el partido por el resultado sino por “el sonido” (no siempre uno se topa con choferes tan sofisticados).

El sonido era muy bajo, casi no se podían seguir las alternativas del partido; lo que se oía era una entonación; o, más bien, varias entonaciones, en virtud de las apostillas introducidas por comentaristas secundarios y tandas de publicidad. Seguimos conversando sobre no me acuerdo qué y de pronto me pareció oír un gol. “Lo empató Chacarita”, dijo el chofer sin la menor emoción. Realmente, parecía del todo indiferente al resultado, no así al ritmo ni a las alternativas del partido, que conseguía captar aun con el volumen bajísimo y en medio de una conversación que no tenía nada que ver con el fútbol. El partido era una música de fondo, una parte del paisaje.

Eso me llevó a evocar mis propios días de radio, que tienen su punto culminante en un día de 1967, más precisamente el 4 de noviembre, el día que Racing (mi equipo) venció al Celtic de Glasgow en Montevideo y se convirtió en el primer equipo argentino en ganar un título mundial. El partido lo escuchaba por radio; no se transmitía por TV, y tampoco recuerdo si para entonces había llegado la televisión a mi casa. Tengo la impresión de que era un sábado o domingo, aunque no puedo asegurarlo.

Lo que sí recuerdo bien es que la presencia en el Estadio Centenario de mi venerado abuelo intensificaba la emoción; no podía dejar de pensar que él estaba viendo lo que yo imaginaba a duras penas. Era un partido duro, que pasó a la historia como “La batalla de Montevideo”. Echaron un total de seis jugadores, cuatro del Celtic, entre estos el temible delantero Jimmy Johnstone. Eso abrió una gran esperanza, y luego vino el gol del Chango Cárdenas, que siempre recordé como un gol de media cancha, aunque evidentemente no fue así.

Yo tenía diez años, y no podía imaginar la sequía que nos sobrevendría a los miembros de la comunidad racinguista. Tal vez un poco por eso, o bien por la simple evolución de la vida adolescente, el relato radiofónico del fútbol se fue transformando para mí en una música penosa. Salir a la calle y oír un partido asomando desde una ventana pasó a ser una sensación aplastante, una especie de domingo al cubo, aunque creo que este era un sentimiento bastante extendido entre los adolescentes, casi tanto como el horror al circo.

Últimamente me sorprendo a mí mismo cuando enciendo la radio del auto y aparece el fútbol. Aunque no juegue Racing, puedo llegar a destino sin cambiar el dial (y sin tomar partido por ningún equipo, del todo indiferente al resultado). Sigo un poco en la línea del chofer platense, aunque seguramente con menos intuiciones. Hay algo que me atrae en esas voces. Son cómicas, inflamadas, todas con su entonación particular. Creo que si cambiase el dial me perdería un radioteatro sin igual, más mimético y significativo que el de "Las dos carátulas". El relato radiofónico del fútbol probablemente sea lo único que no ha cambiado en los medios locales (aunque es cierto que la computación ha sumado un esperpento estadístico que antes no existía). Es mi hora costumbrista; y confieso que los grandes estrategas del fútbol no me atraen tanto como el entusiasta vendedor de forrajes, rulemanes y bulones, conjurando con su anacrónico optimismo la supuesta crisis del mundo del trabajo.

Por Federico Monjeau

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