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El misterioso asesinato del Che Guevara: ¿Una gran traición de Fidel Castro?

 

Historia 11 de octubre de 2017

Según varios autores, el «Comandante» pudo haber sido rescatado por su gran amigo, pero este se negó a ello. Además, no le prestó ayuda en su aventura en Bolivia

 


Fue el 9 de octubre de 1967, en una vieja escuela de escasas aulas en La Higuera (un pequeño pueblo de Bolivia). Aproximadamente a la 1 (a partir de las 12:45, según la mayoría de expertos), el sargento Mario Terán alzó su carabina M1 y disparó repetidas veces a Ernesto Guevara -más conocido como el Che-, el hombre que llevaba meses combatiendo junto a un grupo guerrillero en el país y al que se había dado orden de matar tras su captura en batalla. Oficialmente, la mano ejecutora del asesinato del «Comandante» (su grado militar y la forma en que le recuerdan a día de hoy las canciones) fue este suboficial. Sin embargo, tras ella había otras tantas.

Con un disparo (varios realmente, pues obligaron a Terán a descerrajarle una ráfaga para que no hubiera dudas sobre su fallecimiento) el ejército boliviano puso fin a la vida del Che. El mismo hombre que había combatido contra Batista en la expedición del yate «Granma», y que, posteriormente, se haría famoso -entre otras cosas- por viajar al Congo y a Bolivia para luchar contra sus respectivos gobiernos.

Apenas unas jornadas después del suceso (el día 12 de octubre de 1967) el también comandante Fidel Castro informó al pueblo de que su gran amigo, Ernesto Guevara, había dejado este mundo. Lo hizo, cuando la opinión pública dudaba seriamente de su fallecimiento y como una forma de corroborar lo que había sucedido.

«Se pueden hacer muchas imitaciones. Pero es imposible hacer una imitación de lo que constituyen los rasgos más sutiles de la personalidad, de los gestos... de la fisionomía de una persona. […] Ni al más cretino de todos los gobiernos -y el gobierno de Bolivia se caracteriza por el cretinismo y por el imbecilismo- se le habría ocurrido algo tan imposible de inventar como una noticia semejante. Carecería por completo de sentido. […] Las dudas que nosotros tenemos ya no se refieren al hecho de la muerte en sí, sino que se refieren a la forma en que ocurrió la muerte. A las circunstancias que podrían haber llevado a ese desenlace.», dijo Castro en un discurso de más de una hora (algo habitual en sus alocuciones).

Todo parecía pesar y dolor en la cara de Fidel. Sin embargo, son muchos los partidarios de que Castro colaboró en la muerte del Che. Tanto de forma pasiva (denegándole la ayuda a él y a sus guerrilleros cuando estos combatían en Bolivia contra un gobierno que consideraban tiránico) como activa. Y es que, en palabras de algunos investigadores como Eric Frattini o personajes implicados en el suceso como Félix Ismael Rodríguez (el agente de la CIA gracias al cual se logró capturar al Che) el futuro líder de Cuba tuvo la oportunidad de liberarle, pero se negó a ello. ¿Una gran traición? ¿Una gran mentira? Con la muerte del tirano el pasado 25 de noviembre, el misterio se vuelve a tornar difícil de resolver.

Las primeras traiciones de Fidel
El calvario del Che, el mismo hombre que había arrebatado junto a los Castro el poder al gobierno cubano con una revolución iniciada en 1956, comenzó allá por 1965. Así lo afirma el veterano periodista cubano Alberto Müller en su obra «Che Guevara. Valgo más vivo que muerto». En este libro, el experto explica que las risas y la felicidad entre Fidel y Guevara se terminaron cuando este último atacó, durante un discurso en la conferencia Afroasiática celebrada en Argel, a la URSS de forma indirecta.

Concretamente, el «Comandante» cargó (sin citarle eso sí) contra este país arguyendo que sus gobernantes eran «cómplices» de los imperialistas debido a sus medidas económicas. Todo un golpe en la nariz para Fidel, cuyas buenas relaciones con los ofendidos eran más que conocidas.

Estas fueron las palabras que tanto molestó a Fidel Castro escuchar en los oídos del Che: «¿Cómo puede significar beneficio mutuo vender a precios de mercado mundial las materias primas que cuestan sudor y sufrimiento sin límite a los países atrasados y comprar a precios de mercado mundial las máquinas producidas en las grandes fábricas automatizadas del presente? Si estas son las relaciones, los países socialistas son en cierta manera cómplices de la explotación imperial. Se puede argüir que el monto del intercambio con los países subdesarrollados, constituye una parte insignificante del comercio exterior de estos países. Es una gran verdad, pero no elimina el carácter inmoral del cambio. Los países socialistas tienen el deber moral de liquidar su complicidad tácita con los países explotadores de Occidente».

Tal y como afirmó el biógrafo del Che, Pierre Kalfon, en una entrevista concedida al documentalista Pacho O´Donnell, aquel discurso hizo que a Castro se le pusiesen los pelos de su descuidada barba de punta. Y es que, el líder buscaba cerrar acuerdos militares con el gobierno soviético. A partir de entonces, Fidel habría hecho todo lo posible para que Guevara se marchara del país. «El Che fue casi arrinconado para irse de Cuba. Se mandó un discurso antisoviético en febrero de 1965. Puso en tela de juicio la manera en que los países socialistas se negaban a ayudar a los pueblos que estaban en su lucha por la independencia», explicaba el autor a O'Donnell.

Casi a patadas, y marginado de las decisiones políticas cubanas por los Castro, el Che decidió continuar su lucha en el Congo, a dónde partió con un comando guerrillero en noviembre de 1965. ¿El objetivo? Derrocar el gobierno establecido y comenzar a hacer realidad unas palabras que había repetido hasta la saciedad: que todos los pueblos «oprimidos» de África y América debían alzarse por las armas en contra de sus líderes.

Según afirmó Dariel Alarcón Ramiréz (alias «Benigno», uno de sus más estrechos colaboradores -fallecido en marzo de 2016-) ante las cámaras de varias medios hace años, no le quedó más remedio: «Prácticamente le obligaron a irse a África. En África no había nada que hacer. Había una serie de personas que andaban por la selva. Más preocupados por buscar comida, que por libertad».

Durante aquella campaña (que acabó en un gran fracaso según el mismísimo Guevara) Fidel se la jugó nuevamente al Che cuando, el 3 octubre, leyó ante toda Cuba una carta que el «Comandante» le había escrito y que Castro únicamente debía dar a conocer si fallecía. Y es que, en el texto renunciaba a todos sus privilegios:

«Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la revolución cubana en su territorio y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo, que ya es mío. Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de ministro, de mi grado de comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos», explicaba el Che en la susodicha misiva.

En palabras de Kalfon, esto fue una nueva traición: «El 3 de octubre del 65, Castro leyó públicamente la carta de despedida que el Che le había dejado en caso de que el muriera. Fidel sabía que el Che no estaba muerto. Leer esta carta mientras el Che estaba vivo significaba que no iba a poder regresar. Al menos públicamente. Y no lo hizo, aunque si de forma clandestina».

A pesar de todo ello, el «Comandante» (al menos de cara a la opinión pública) siempre se declaró seguidor de Fidel Castro, de quien decía que era su «maestro» y del que reconocía que «sabía más que yo». De hecho, durante la que fue su última batalla, nuestro protagonista llegó a afirmar a sus guerrilleros que, cuando les llegara el momento de morir, pensaran en Fidel.

A su suerte en Bolivia
Tras su aventura africana, y sin poder regresar a Cuba, el Che dirigió sus pasos hasta Bolivia, donde buscó luchar -nuevamente- con un comando guerrillero contra un gobierno que consideraba imperialista. Llegó al país el 5 de noviembre de 1966. La primera anotación en su diario la hizo apenas dos días más tarde, cuando ya había arribado a la casa de campo que había adquirido uno de sus compañeros en Ñacahuasú y que haría veces de cuartel general.

«Hoy comienza una nueva etapa», afirmó entonces. «Por la noche llegamos a la finca. El viaje fue bastante bueno. Luego de entrar, convenientemente disfrazados, por Cochabamba, Pachungo y yo hicimos los contactos y viajamos en jeep, en dos días y en dos vehículos», explicaba Guevara en su diario.

Aquel día comenzó, sin embargo, un nuevo calvario para él. Y es que, durante los siguientes meses se vio obligado a vagar por la jungla sin apoyo de Cuba y con unos guerrilleros cada vez más y más cansados y hambrientos.

¿Por qué viajó a Bolivia? Según han afirmado a lo largo de los años sus allegados, lo hizo sabiendo de antemano que era imposible la victoria. «Entre un suicidio y un sacrificio. El Che no fue a Bolivia para ganar, sino para perder. Es un místico. Quiere morir. No anunció su suicidio, ni siquiera lo pensó claramente», determinó en una entrevista Jules Régis Debray, uno de los compañeros del Che. Benigno fue de la misma opinión: «El Che se va a Bolivia sabiendo cuanto le esperaba. Que era la última batalla del Che en vida».

Durante el tiempo que permaneció en Bolivia, el Che y sus guerrilleros no recibieron ayuda de Fidel Castro, quien les había prometido su total colaboración en la lucha armada. Lo único que pudieron lograr de él fue el envío de una radio estropeada que no les dejaba comunicarse con La Habana.

«Sin contactos de Manila [nombre en clave de Cuba]». Esa es una de las frases que más repitió Guevara durante su estancia en la selva del país. Müller, por su parte, es partidario de esta teoría: «La posición del Che corría en contra de los intereses de Fidel. Se convirtió en un apestado para la revolución cubana, una piedra en el zapato», determinaba el autor en una entrevista concedida el año pasado a la agencia EFE. «La Habana no se preocupó por la incomunicación del Che en Bolivia, que era total», sentencia, en este caso, Kofman.

Al final, este aislamiento se tradujo en la pérdida de información, en la falta de guerrilleros, y en la escasez de comida. Tres factores que condenarían al grupo a esconderse en la selva (y tratar de tender emboscadas al enemigo) para evitar enfrentarse con el ejército de Bolivia. Un contingente militar que, por su parte, entrenó (de manos de la CIA) a un grupo experto en el rastreo y en la caza de los hombres de Guevara. Los llamados «Rangers».

Todas estas conjeturas fueron corroboradas por el agente de la CIA enviado a Bolivia para detener al Che (Félix Ismael Rodríguez) en una entrevista que, con motivo del 46 aniversario de la muerte de Guevara, este concedió a la CNN.

En la misma, el espía (de origen cubano) sentenciaba que «al Che lo mandó eliminar Castro» porque era «pro-chino, y eso era una cosa que Cuba no podía permitir porque dependía cien por cien de la URSS». A su vez, Rodríguez también dejó claro que el «Comandante» fue marginado por sus superiores tras enzarzarse en una pelea con el embajador soviético. Todo esto se hizo palpable cuando Fidel le «mandó un transmisor roto» y le quitó el apoyo del único oficial de inteligencia compatriota suyo que había en Bolivia «con el pretexto de que se le había vencido la visa». Eso, aunque posteriormente se «supo que tenía la ciudadanía boliviana».

Así, entre hambre, sed y desesperación, fueron pasando las semanas en Bolivia para el Che y para los escasos 16 hombres (la mayoría indispuestos) que le quedaban a principios de octubre de 1967.

Guevara, que por entonces pesaba 45 kilos, combatió finalmente su última batalla el 8 de ese mismo mes, cuando cientos de «Rangers» al mando de Gary Prado le cercaron en las inmediaciones del pueblo de La Higuera y derrotaron a su comando de «superhombres». Aquel día, cuando fue capturado junto a un compañero llamado Willy, dicen que gritó lo siguiente a los soldados que le apuntaban: «No disparen. Yo soy el Che Guevara, valgo más vivo que muerto». Llevaba razón, era mucho más valioso tomarle con vida que hacerlo con un tiro entre ceja y ceja, y los soldados lo sabían.

El calvario del Che
Tras ser capturado comenzó el último calvario del Che. A eso de las siete y media de la tarde del día 8 de octubre (según explica Reginaldo Ustariz en su obra «Che Guevara. Vida, muerte y resurrección de un mito») los militares le llevaron hasta una pequeña y vieja escuela del pueblo de La Higuera.

El edificio apenas tenía dos aulas. En una de ellas fue encarcelado Willy y, en la otra, el «Comandante». Además, para terminar de hacer esta escena macabra, los soldados metieron también en la improvisada celda de nuestro protagonista los cadáveres de dos de sus guerrilleros muertos. También hicieron el recuento de lo que habían quitado a los castristas, y entre todo ello destacó un fardo lleno de dinero que jamás apareció. Su paradero, según desveló en su momento el mayor Miguel Ayoroa (del ejército de Bolivia) habría sido el pago a guías y donativos varios a la región.

Durante las siguientes horas, Ernesto Guevara permaneció al cargo del subteniente Eduardo Huerta con quien -según narra Ustariz- mantuvo una curiosa conversación: «Huerta, un tiempo después, contó a los amigos que la figura y la mirada del Che lo habían impresionado de tal forma, que en algunos momentos se sentía como hipnotizado». Al parecer, el «Comandante» intentó que el soldado entendiera su lucha explicándole las diferencias de clases existentes entre pobres y ricos e, incluso, le llegó a señalar «el trato respetuoso que los guerrilleros dieron a los oficiales y soldados hechos prisioneros por la guerrillas». Huerta, en palabras del autor, sintió que le estaba hablando con su hermano mayor.

Al día siguiente, llegó hasta La Higuera Felix Ismael Rodríguez, el agente de la CIA que tantos esfuerzos había dedicado a atrapar al Che en los últimos meses. Lo hizo en helicóptero y exultante. Aunque no encontró al hombre que esperaba ver, sino a una persona extremadamente delgada, con el pelo descuidado y que atesoraba unas importantes ojeras debido a que el asma que padecía desde su infancia le había impedido dormir. Se acababa de iniciar una cruel cuenta atrás que llevaría hasta la muerte de Guevara.

«Papi 600»
Aproximadamente a las diez de la mañana del 9 de octubre, Félix Rodríguez recibió el siguiente mensaje, enviado por los mandamases del ejército boliviano: «Papi 600, nada de prisioneros». «Papi» significaba «Che Guevara»; y «600», que debía morir. Se acababa de dictar sentencia para él.

El agente de la CIA, antes de que la noticia fuera conocida, contactó con Estados Unidos para que supieran lo que iba a pasar con él. «Le mandé un mensaje a EEUU diciendo que el Che estaba vivo y que lo iban a matar, que se movieran rápido si querían hacer algo», explicó el propio Rodríguez posteriormente en una entrevista. Norteamérica había dictado sentencia. Ya solo podían liberarle sus compatriotas cubanos. Y más concretamente, Fidel Castro.

¿Qué hizo Castro? Aparentemente nada. Así lo atestigua Müller, quien es partidario (y explica en su obra) que había un grupo especial en La Habana destinado a rescatarle, pero que no se movilizó por carecer de la orden oportuna: «Creo que el Che tiene que haber muerto muy consciente de su traición». Por su parte, el periodista de investigación Eric Frattini es partidario de que Fidel sabía perfectamente que iba a ser asesinado, pero que no hizo nada para impedirlo.

Beningo, antes de morir, realizó unas declaraciones publicadas por el diario «Corriere della Sera» en las que apoyaba esta teoría: «La muerte se debió a una maquinación de la que son responsables Fidel Castro y la Unión Soviética. Los soviéticos consideraban a Guevara una personalidad peligrosa para sus estrategia imperialista y Fidel se plegó por razones de estado, visto que la supervivencia de Cuba dependía de las ayudas de Moscú. Y eliminó a un compañero de lucha molesta. El Che era el líder más amado del pueblo».

El guerrillero también afirmó el dolor que sentía por ello. Y es que, durante su última batalla, el «Comandante» había enardecido la figura de Castro. «El Che, en esos momentos y sabiendo que habíamos sido abandonados en Bolivia por la conciencia de Fidel Castro, todavía tuvo el coraje de pedirnos acordarnos de la revolución y de Fidel Castro cuando muriéramos», añadía.

«Hasta siempre, comandante»
Sin ninguna ayuda ni posible apoyo, las horas del Che estaban contadas. A las once y media de la mañana el coronel del ejército de Bolivia, Joaquín Centeno, hizo el primer intento de acabar con él. Para ello, mandó llamar a Huerta. Sus órdenes fueron tajantes: «Teniente, han llegado órdenes de la presidencia de la República de matar al Che». Sin embargo, este se negó a matarle después de la conversación que había mantenido con él. Y todo ello, a pesar de las amenazas de su superior: «¡Si desobedece será sometido a Consejo de Guerra! Es lo mínimo que le ocurrirá y significará su baja del Ejército».

Ante la imposibilidad de convencer a Huerta, el coronel hizo llamar a siete combatientes, y pidió que diesen un paso al frente quienes estuvieran dispuestos a acabar con el Che. Todos lo hicieron. De ellos seleccionó a dos: Mario Terán Salazar y Bernardino Huanca. Al segundo le ordenó acabar con Guevara (sin dispararle a la cabeza, pues su rostro debía ser reconocible). Al primero, con Willy. A partir de las 12:45 comenzó la «operación». Huanca dio un puntapié a la puerta del aula y, sin mediar palabra, apretó el gatillo. Luego le tocó el turno a Terán, a quien no le resultó tan fácil. Fuera por la causa que fuese, dudó, a lo que el «Comandante» le dijo: «¡Dispare, va usted a matar a un hombre!».

El primer tiro se lo dio en la mano. Después de él, salió y cerró la puerta pensando que el Che se desangraría. Pero nada más lejos. Por ello, sus superiores le obligaron a entrar de nuevo y dispararle una ráfaga con su carabina M1. Después de ello, con el deber cumplido, expusieron su cadáver para que todo el mundo se enterase de lo sucedido. «Lo pusieron en la lavandería. Muchos fuimos a verle. Su rostro reflejaba algo. Parecía que estaba vivo, que nos decía: yo no estoy muerto», afirmó una campesina a O'Donnell.

Posteriormente, Castro -el hombre que le dejó morir- dijo esto de él: «Las personas que conocemos íntimamente a Ernesto Guevara […] teníamos sobrada experiencia acerca de su carácter y acerca de su temperamento. Y por mucho que cueste imaginarse que un hombre de su talla, de su prestigio y de su personalidad, haya muerto en un combate de una patrulla guerrillera contra una fuerza del ejército. Por mucho que ello parezca poco lógico, los que lo conocemos bien sabemos que no tiene nada de extraordinario, porque siempre, todo el tiempo que lo conocimos se caracterizó por un extraordinario arrojo, por un desprecio al peligro. […] Y así lo hizo en numerosas ocasiones en nuestra lucha».

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