Selección en caída libre
 

Deportes 22 de junio de 2018

El gran desafío para la Selección era revelar su estatura de equipo capaz de superar dificultades futbolísticas y anímicas, después del 1-1 a Islandia. Pero frente a Croacia, en un partido de carácter decisivo, se le quemaron todos los papeles y perdió 3-0 sin atenuantes, dependiendo de un milagro su clasificación a octavos. Sampaoli y su crónica de errores e inseguridades. Messi, atrapado por sus viejos fantasmas.
 


¿Qué hay que escribir en estas circunstancias? ¿Qué el desastre se veía venir? ¿Qué a Jorge Sampaoli le quedó demasiado grande la función de entrenador de la Selección? ¿Qué Caballero regaló el partido en el primer gol de Croacia en el arranque del segundo tiempo? ¿Qué se terminó cosechando lo que se sembró en los últimos años cuando por la Selección desfilaron técnicos como si fuesen mandarinas? ¿Qué Messi demostró una vez más que en la adversidad se deprime y se borra dando pena, como lo hizo en esta derrota catastrófica que hasta podría cerrar su ciclo en la Selección?
Estos episodios de gravedad futbolística notable precipitan juicios severísimos hasta de los que nunca en su vida patearon una pelota. Y está bien. Son las reglas de juego no escritas que imponen la lógica de los mundiales. El fracaso estruendoso de la Selección, más allá que formalmente no quedó todavía eliminada de Rusia 2018, no puede disfrazarse ni relativizarse de ninguna manera. Es un hecho incontrastable. Absoluto. E indiscutible
 El 3-0 de Croacia explica casi todo. Después de la gran decepción del 1-1 ante Islandia con una producción mediocre sazonada por el penal malogrado por Messi despachando una masita desangelada, quedaba en pie dar una respuesta potente ante los croatas. Potente, en especial en el plano de la presencia anímica. De la actitud y personalidad para afrontar un partido de carácter decisivo. Del temple para superar las dificultades no resueltas del juego ausente.
Ese era el gran desafío que tenía por delante Argentina. Jugarle a Croacia como si fuera la final del mundo. Pero no lo hizo. Ni en la primera etapa y muchísimo menos aún en el complemento cuando se perfiló como una banda desorganizada que podía empatar o descontar por una jugada quinielera que no se produjo.
 Jugó con temor la Selección. El temor de quedarse sin nada en la primera semana del mundial. Y ahora quedó pendiente de un milagro, sujeto a resultados propios y a varios resultados ajenos. Ese temor no declarado pero evidente en los movimientos claudicantes de varios jugadores (entre ellos, Messi), asfixió a Argentina en todos los sectores y en todas las circunstancias del juego.
Le quemó la pelota a la Selección. Quizás por eso, en general, las resoluciones individuales fueron de malas para pésimas. Nadie aguantó la pelota. Solo algo de Mascherano. Nadie le dio un destino inteligente. Ni Meza, ni Agüero. Tampoco Messi, deambulando por el campo como si pretendiera encontrar una solución divina. Y la realidad es que no encontró nada, porque no intentó nada en particular. Por lo menos nada importante. Nada valioso. Nada que valga la pena ser considerado interesante. Se entregó mansamente desde el comienzo, Messi. Como se fue entregando el equipo. Sin altura. Sin rebeldía. Sin épica. Sin dejar en claro que estaba vendiendo muy cara una derrota demoledora que será muy recordada en los libros y en las memorias del fútbol argentino.
 La responsabilidad de Sampaoli tampoco puede ocultarse. La Selección no reveló jugar a partir de una idea. No tuvo una idea a la que aferrarse, aunque sea para pararse en algún lugar. Sampaoli no logró ni de casualidad transmitir lo que quería. Todos los cambios que produjo para enfrentar a Croacia (y los cambios que no produjo, por ejemplo en reemplazar a Caballero por Armani) dejaron ver el contenido efectivo de sus propias indefiniciones e inseguridades.
Decir que no supo encontrar el equipo ni el funcionamiento para sostener la estructura colectiva, hoy parece una película demasiado vieja y desactualizada. Cualquiera podía advertir la dimensión de ese laberinto. Pero como siempre, la ilusión o la esperanza se enfocaba en las capacidades de los jugadores argentinos. En rescatar ese potencial. En tener la chance de que sean reivindicadas esas calidades.
Está claro que no sucedió. Que no aparecieron los protagonistas para salvarse del incendio y que nunca entró en escena el entrenador para ordenar lo que estaba fuera de control. Esa nube tóxica se llevó puesta a la Selección. La empujó al abismo. Y el jugador más desequilibrante del mundo que es Messi, no desequilibró a nadie. Ni frente a Islandia ni ante Croacia. Esta realidad también pinta el paisaje desolador y desconcertante de la Selección. Y debería ubicar a cada uno en el lugar que le corresponde.
 

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