Hay Evita después de la muerte

 

Aniversario 26 de julio de 2018

La literatura es una zona franca en la que pueden encontrarse los creyentes y los agnósticos. 

 


 

 

La verosimilitud de una buena novela permite al agnóstico suspender su escepticismo mientras escucha a un fantasma y al creyente, participar de un diálogo con los seres que ya han traspasado la eternidad, pero sin pagar el precio del mismo billete de ida. De modo que hay Evita después de la muerte, de la mano de Aguinis, con una prosa pulcra, por momentos lunfarda, siempre transparente y magnética, para peronistas, no peronistas y antiperonistas; para feministas y desconfiadas, para buceadores de la historia y amantes de las historias de amor. El recurso al que apela Aguinis en La furia de Evita para interpretar la voz de este personaje tantas veces conjurado es construir una Evita que repasa su propia odisea, desde el Más Allá, con menos furia, más ecuménica, quizá con la moderación que le hubieran regalado los años de la vejez, si hubiera llegado a vivirlos. Aunque aún enamorada de Perón desde ese limbo innominado, queda para el lector concluir si esta Evita que narra sigue o no siendo peronista. Quizás ésa sea la mayor herejía, y la más atractiva, a la que se atreve Aguinis en esta nueva novela: no las despiadadas críticas que la segunda esposa de Perón vierte sobre sí misma a través de su pluma, sino la sombra de una duda respecto de si la lealtad de Eva hacia el General se mantiene férrea también después de la muerte. La furia a la que hace referencia el título no es, evidentemente, la original de la Evita viva y actuante, sino la furia contra sus propios errores y los de Perón, en una lectura posterior a su existencia terrenal.

Aguinis sugiere que el recorrido fulminante e intenso de Evita hacia la celebridad parte no sólo de las carencias y humillaciones que sufrió en Los Toldos y Junín, como hija no reconocida y de escasos recursos, sino de una violación fundacional que sufriera en su primera adolescencia a manos de dos villanos de "familias bien". Por el resto de su vida Evita intentará, mediante la ayuda a los desposeídos y la venganza contra los opositores, eliminar ese pasado que considera infamante. Aguinis no trepida en describir cada una de estas peripecias violentas o revulsivas con un lenguaje claro y profundamente descriptivo: la Evita de Aguinis habla en parte con las palabras de la Evita real, pero describe hechos sobre sí misma que la propia Evita nunca confesó.

A la novela no le faltan datos históricos que resultarán reveladores para los poco conocedores de esta figura legendaria: "Terminadas las elecciones de 1951, cuando por primera vez diputadas y senadoras pisaron el Congreso, las convoqué a la residencia presidencial de una en una para un encuentro inconfesable: que redactasen delante de mis ojos, con su puño y letra, dos cartas a parientes y amigos con expresiones desleales a Perón. Esos documentos los guardaría en mi caja fuerte personal y me servirían para sacarlas a patadas si desobedecían una sola de mis órdenes". Pero el presente, y particularmente el presente político, ocupa un lugar destacado en La furia de Evita, no sólo porque Evita relee su devenir desde nuestros días, con la sabiduría que le dan los años, sino porque hay referencias imposibles de obviar respecto de la actual realidad nacional; por ejemplo, la estrategia de Raúl Alejandro Apold para destruir a los medios disidentes e independientes y fundar el monopolio de prensa estatal y peronista, desde la Subsecretaría de Prensa y Difusión, a las órdenes del propio Perón y con el entusiasta aval de la propia Eva. Aunque no haya mención a la segunda presidenta mujer que gobierna a los argentinos desde el comienzo de esta nación –también peronista, como su antecesora Isabel, y también esposa de presidente, como Evita e Isabel– cualquier dato que resuene como crítica contemporánea es consecuencia de que Aguinis está escribiendo con su atención de escritor de ficción en el pasado y con su pasión de ensayista de la realidad en el presente.

Si bien consabido, el encuentro entre Evita y Pilar Primo de Rivera, durante la gira europea de la esposa del Perón ya presidente, resultará una vez más un balde de agua fría para quienes aún pretendan encontrar en Eva Duarte de Perón una abanderada de la izquierda internacional, o nacional, si prefieren: los diálogos entre la hija del dictador español de los años 20 y hermana del fundador de la Falange, por un lado, y la "abanderada de los humildes", por otro, refrescan la descripción de Eva como mucho más cercana a la derecha falangista que a cualquier experimento socialista o socialdemócrata. No hay incomodidad ni dudas en esta Evita que se recuerda y se piensa, frente a Franco, el portugués Salazar, o los distintos remanentes nazi-fascistas de la Europa recién liberada por los Aliados (estamos hablando de 1947, apenas dos años después de la derrota nazi); por el contrario, sus pocos contratiempos europeos son con los manifestantes antinazis que ven en Eva y su esposo un atajo para el fascismo en América latina.

Si bien Aguinis escribe en la piel de Eva, no puede ocultar al menos un gesto que descubre la pertenencia del autor al género masculino: la trata como un caballero. Cuando Eva sufre o es humillada, incluso violada, Aguinis la acompaña en su indignación y dolor. Cuando una lluvia providencial la cura de sus quemaduras, el autor invita al lector a compartir el alivio de la protagonista. Y cuando sobre el final, la enfermedad arrasa, también hay una piedad y un acompañamiento que, al menos hasta donde puede leerse, no fue el que recibió en la realidad. Como dijimos, el libro también es una historia de amor: entre Eva y la que fue, entre Eva y Perón, y entre Eva y sus seguidores. Como dice Andrés Calamaro, refiriéndose a las historias de amor: todo lo que termina, termina mal. Ese cuerpo consumido por el cáncer, en las orillas de una crisis que llegaba a la Argentina, es el final trágico, pero funcional y efectivo para el libro, que cierra esta historia también de amor. Es probable que uno piense, luego de leerlo de una sentada, qué hubiera contestado Perón a los tantos desaires que Eva le aplica desde estas páginas. Quizás esa respuesta deba quedar en manos del propio Aguinis para una futura oportunidad.

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