Mauricio Macri después del FMI: entre Cristina y Christine

 

Politica 7 de octubre de 2018

Cuando del FMI se trata, los nacionalistas, populistas y progresistas locales coinciden con los “neoliberales” del mundo desarrollado que creen que sería mejor que los países en apuros se enfrentaran directamente con los mercados.


Por James Neilson
Mauricio Macri dice esperar que “todo el país se enamore de Christine Lagarde”. Puesto que aquí los dirigentes más amados suelen ser aquellos que -como Cristina que sigue contando con un ejército de admiradores- reparten pan para hoy a cambio de hambre para mañana, es muy poco probable que un buen día la mayoría se apasione por la francesa que encabeza al Fondo Monetario Internacional, un organismo que tiene la odiosa costumbre de insistir en hacer las cosas al revés. Con la maldad que para muchos es su característica más notable, exige a los gobiernos que le piden ayuda que antes de nada pongan sus cuentas en orden, lo que, por desgracia, los obliga a reducir el gasto público, o sea, a ajustar.

Para quienes se oponen a los ajustes por motivos que según ellos son humanitarios, el que la Argentina, sin tener a mano los casi 70 mil millones de dólares que le presta el FMI, corriera el riesgo de precipitarse en un abismo de miseria generalizado importa muy poco. Desde su punto de vista, es forzosamente perverso cualquier programa de saneamiento financiero, comenzando con aquellos que merecen la aprobación de los malditos técnicos del Fondo que, nos recuerdan, piensan sólo en números sin preocuparse en absoluto por las personas de carne y hueso. Comparten tal opinión millones de hombres y mujeres pertenecientes a lo que todavía queda de la clase media que, pensándolo bien, deberían agradecer a Lagarde; de desatarse el caos, como pareció a punto de ocurrir en abril cuando el peso se devaluó de golpe, se sumarían pronto a la multitud creciente de pobres.

Lo mismo que en otras partes del mundo, aquí virtualmente todos salvo un puñado de “neoliberales” dan por descontado que siempre hay que subordinar lo económico a lo político, como reza el viejo lema radical.  Pues bien: la intervención del FMI puede atribuirse a los esfuerzos del gobierno de Macri por movilizar a los líderes políticos de los países más poderosos para que lo apoyen en la lucha que está librando contra los mercados que, de modo brutal, representan lo meramente económico. Para desazón de los ortodoxos, en esta oportunidad el FMI sí está prestando más atención a lo político que a lo económico.
Desde que derrotó a Daniel Scioli en las elecciones de 2015, Macri ha disfrutado del respaldo de los norteamericanos Barack Obama primero y Donald Trump después, los europeos Angela Merkel y Emmanuel Macron, el chino Xi Jinping y otros, pero a pesar de su éxito llamativo en el mundillo político internacional aún no ha logrado engatusar a los inversores que siguen tratándolo como un personaje nada confiable.  Así las cosas, para conseguir la plata que necesitaba para mantener a flote no sólo su gobierno sino también el país, Macri no tuvo más alternativa que la de acudir al FMI por ser cuestión del único prestamista que, a diferencia de los bancos y los fondos de inversión privados, es sensible a las presiones políticas.

Cuando del FMI se trata, los nacionalistas, populistas y progresistas locales coinciden con los “neoliberales” del mundo desarrollado que creen que sería mejor que los países en apuros se enfrentaran directamente con los mercados, sin la participación de intermediarios politizados. A aquellos les parece indigno que el país precisara ser protegido por el Fondo que, para colmo, prefiere que no se despilfarre el dinero que hace disponible, de ahí las condiciones que habitualmente impone. Desprecian a los asustadizos que les advierten que serían nefastas las consecuencias de permitir que los mercados tengan la última palabra, como sucedería en el caso de que Lagarde decidiera que, en vista de la hostilidad hacia la presencia del FMI de una proporción significante de los argentinos, le convendría dejarlos arreglarse solos. Para los enemigos jurados del organismo, es una cuestión de principios y lo demás carece de importancia.

Aunque a esta altura no sirve para mucho perder el tiempo procurando identificar a los máximos culpables del estado lamentable de la economía nacional, muchos prefieren mirar hacia atrás a preocuparse por las alternativas frente al  gobierno actual o su eventual sucesor. Puede que estén en lo cierto quienes subrayan el aporte al desastre del gradualismo macrista, las maniobras ensayadas por los ex presidentes del Banco Central Federico Sturzenegger y Luis Caputo, o, para los defensores de Cambiemos, el oportunismo opositor, la herencia explosiva que fue dejada por los kirchneristas y largas décadas (siete, dicen los macristas) de populismo cívico-militar, pero acaso sería más constructivo que se concentraran en buscar la forma de salir del brete en que el país se ha metido.

Mucho dependerá de las circunstancias internacionales en los meses y años próximos ya que el mundo acaba de entrar en una etapa de gran inestabilidad financiera que planteará a la clase política nacional una serie de dilemas muy pero muy ingratos. Tendrá que encontrar la manera de frenar la inflación y de crear un medio ambiente propicio para la parte productiva de la economía  sin provocar estragos irreparables a sectores muy amplios de la población del país. También le será necesario tomar en cuenta el impacto de los cambios tecnológicos que están en marcha y que por cierto no ayudarán a generar “empleos de calidad” para los desocupados. Son asignaturas pendientes que deberían haberse resuelto hace muchos años, pero un gobierno tras otro eligió postergarlas con la esperanza de que, por arte de birlibirloque, se solucionarían sin que nadie tuviera que hacer nada políticamente costoso.

El regreso del FMI a la Argentina ha motivado muchas protestas entre aquellos que, sin equivocarse, creen que el gobierno le ha cedido pedazos de soberanía, como se hizo evidente cuando “el Messi de las finanzas” Caputo sorprendió a todos, con la excepción de los enterados de lo que ocurría en la interna oficial, al abandonar su cargo justo cuando su jefe estaba en Nueva York y en casa los sindicatos combativos celebraban su cuarto paro general contra el gobierno de Cambiemos. Caputo, un operador avezado de las mesas de dinero, se creyó capaz de manipular el valor del dólar (mejor dicho, del peso), pero al FMI no le gusta demasiado la flotación sucia.
En el exterior, la voluntad patente de Lagarde de privilegiar al enamoradizo Macri ocasiona más extrañeza que indignación, ya que quienes operan en los mercados sospechan que es una locura apostar a un país que, además de ser un defaulteador serial, a veces brinda la impresión de enorgullecerse de lo fabulosamente corrupto que es y que se ve dominado por políticos que han resultado ser expertos consumados en el arte de aprovechar las desgracias ajenas. ¿No sería más sensato -preguntan los escépticos- dejar que la Argentina siga presa de un psicodrama colectivo que, para perplejidad de los interesados en sus vicisitudes, se niega a superar?

No es fácil encontrar la respuesta a dicho interrogante. Parecería que Lagarde, lo mismo que todos aquellos políticos extranjeros que festejaron la llegada al poder de Macri, está persuadida de que por fin la Argentina ha aprendido lo bastante de su propia experiencia para empezar a recuperar el terreno que perdió a partir de la primera mitad del siglo pasado. La jefa del organismo que vela por las finanzas internacionales y quienes la rodean creerán que, merced a sus recursos humanos y naturales, de los que el depósito gigantesco de gas y petróleo de Vaca Muerta es hoy en día el más impresionante, está en condiciones de prosperar con tal que consiga reparar sus raquíticas estructuras económicas. ¿Es una ilusión, una equiparable a tantas otras que a través de los años han obnubilado a inversores optimistas, convenciéndolos de que la Argentina realmente estaba “condenada al éxito”? Puede que lo sea, pero por ahora es uno de los escasos activos valiosos que tienen los encargados del destino nacional.

Cuando el país se acercaba a la gran debacle que culminaría con la caída del gobierno de Fernando de la Rúa, un default festivo, la madre de todos los ajustes y la pauperización resultante de millones de familias, los encargados de resolver los problemas del sistema financiero internacional suponían que en adelante los políticos de otros países, aleccionados por lo que sucedía, obrarían con más responsabilidad. Acompañados por el FMI de entonces, decidieron castigar a los argentinos por violar las reglas que a su juicio deberían imperar en un mundo cada vez más globalizado al dejarlos cocinarse en su propia salsa.

En cambio, el FMI actual, que está mucho más politizado que el de antes, quiere que la Argentina sirva de otro tipo de ejemplo al mostrar que, con la ayuda de la “comunidad internacional”, un país en graves dificultades pueda recuperarse en un lapso relativamente breve para convertirse de un problema en una parte de la solución. En palabras de Nicolás Dujovne, “esta vez los grandes países del mundo han decidido apoyarnos”. ¿Acertaron? Es de esperar que sí y que, por ser tan sombrías las perspectivas que afrontaría el país si fracasa el programa oficial que recibió el visto bueno de Christine Lagarde, en esta ocasión logre aprovechar lo que podría ser su última oportunidad para revertir la espiral descendente por la cual está deslizándose desde hace tanto tiempo.

 

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